Peta , peta, peta

El gobierno de Bachelet no se ha destacado por el alto nivel de sus ministros. Más bien es a la inversa: la extinta Nueva Mayoría se ha parecido más a una moledora de carne a la hora de tratar a sus miembros más lúcidos, como Rodrigo Valdés, Luis Felipe Céspedes o Jorge Burgos. Cada vez que hubo una desavenencia entre el programa de gobierno, su conducción -o conductora-, y el sentido común, primó el programa.

...la extinta Nueva Mayoría se ha parecido más a una moledora de carne a la hora de tratar a sus miembros más lúcidos

Quizás uno de los miembros más ilustres de este nivelar hacia abajo es el ministro de interior, Mario Fernández, el Peta. Llegó por la puerta chica, para reemplazar al saliente Burgos, con un currículum descollante, en el que marcaba un doctorado en Heidelberg, varios ministerios y organismos internacionales, ministro del Tribunal Constitucional y embajador. Pero su performance ha estado muy lejos de lo esperado.

En particular, ha lucido su falta de carácter, doblegándose a la voluntad de Michelle Bachelet cada vez que toca tomar una decisión difícil. Sí, es cierto, los ministros responden directamente al Presidente de la República, son de su exclusiva confianza, pero eso no implica bajo ningún respecto el poder contrastar sus opiniones, sobre todo cuando se trata de casos difíciles. El más reciente, que lo hace merecedor del Paso semanal, es su pobre desempeño en la controversia entre el Ministerio Público y Carabineros, suscitada por la Operación Huracán y sus aristas investigativas.

La performance es pobre por varias razones, pero la más grave es la imposibilidad de ordenar el conflicto y dar al menos una apariencia de control.

La performance es pobre por varias razones, pero la más grave es la imposibilidad de ordenar el conflicto y dar al menos una apariencia de control. Porque es cierto: los ministros no son culpables totales del desorden institucional, pero sí tienen una responsabilidad, que denominamos política, en su conducción. El trabajo del ministro ante las crisis es ingrato, ciertamente, pero eso no lo inhibe de participar en la medida de sus capacidades: dar cauce institucional a los conflictos, sobre todo si se trata de problemas asociados a sus áreas de competencia. Y el querido Peta no ha dado el ancho.

Por eso el rol del subsecretario de interior, Mahmud Aleuy, ha sido mucho más relevante de lo que normalmente es. Se debe no sólo a las virtudes propias, sino a defectos de quien, se supone, debería liderar una cartera compleja y de alta importancia para la convivencia democrática y pacífica. Menos mal queda cada vez menos para que termine el gobierno de la Nueva Mayoría, un gobierno que pasará a la historia por su ineptitud.

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