El inicio de este año ha estado marcado por las repercusiones políticas de las elecciones presidenciales, y dentro de las noticias que han marcado la pauta, la situación de la DC sobresale particularmente. Los dichos de Mariana Aylwin, donde señaló que se sentía más identificada con Chile Vamos que con la Nueva Mayoría, podrían ser síntoma de un cambio paulatino que se ha ido gestando en el escenario político de nuestro país.

Si entendemos el “paradigma del sí y el no” como el equilibrio político que dominó durante las dos décadas de la transición, los dichos de la exministra de educación podrían entenderse como un momento clave en el deceso de dicho paradigma. De hecho, estamos ante una crisis por todos reconocida del centro político. La reciente renuncia de 31 militantes de la Democracia Cristiana muestra una tensión interna que terminó por explotar, en que el grupo saliente declaró estar dejando un partido donde no se sienten cómodos, una DC izquierdizada que se encuentra más cerca de la agenda programática de la Nueva Mayoría que de la antigua Concertación.

El fin de este paradigma se podía esbozar desde hace un tiempo. Tal como dice Daniel Mansuy en su libro Nos fuimos quedando en silencio, los últimos años han evidenciado un periodo de debilitamiento político, lo que algunos llaman una crisis, donde la ausencia de una narrativa y de comprensión del periodo de transición (la década del 90 hasta el 2010) provocó un agotamiento de dichas lógicas. En este contexto, desde las movilizaciones estudiantiles del 2011 que el discurso público se ha trasladado a nuevas categorías, las que sirvieron de inspiración para las reformas sociales que protagonizaron el segundo gobierno de Michelle Bachelet.

Lo que no podía adelantar ese análisis era lo que ocurriría con el equilibrio político, y es donde no sólo las declaraciones de Aylwin, sino también sus actos, entregan algunas luces de lo que cabe esperar en lo próximo. Recordemos que al momento de renunciar, la líder de Progresismo con Progreso aseveró que su decisión fue tomada por una profunda diferencia con el rumbo que estaba tomando el partido, un problema que según ella no tendría solución en el mediano plazo.

Todos estos antecedentes nos revelan el fin de una alianza que venía agonizando desde hace un tiempo. La hegemonía de la centroizquierda con la centroderecha, tal como la conocíamos en décadas pasadas, ha cedido a una atmósfera más polarizada. La ampliación de la izquierda del espectro político, instalando la idea de gratuidad universal en la prestación de servicios públicos y cuyo discurso cuestiona la legitimidad de la institucionalidad vigente como la Constitución, ha permitido que una parte del centro ahora mire con mejores ojos hacia la derecha. Esta situación, según han señalado públicamente algunos personeros de la tienda democratacristiana, es lo único que podría explicar el resultado que obtuvo Piñera en las últimas elecciones presidenciales.

El caso de Mariana Aylwin bien podría simbolizar un momento clave en la realidad política nacional contingente. Por un lado, representa a la perfección el conflicto que está viviendo el centro político, que aunque se reconozcan más cerca de la coalición de centroderecha que de la izquierda, siguen sin tener una residencia política hoy en día. Por otro lado, que una figura histórica como ella con un apellido emblemático como el suyo haya renunciado a su otrora alianza política, encarna perfectamente el deceso de un antiguo paradigma. Atrás quedaron los 90, con sus lógicas, sus alianzas y su retórica. Atrás quedaron, sobre todo, sus protagonistas.