Todos los fines de año podemos escribir sobre el balance de lo que pasó en los últimos trecientos sesenta y cinco días en el país. Pero si además coincide con el fin de un gobierno, no se puede dejar escapar la posibilidad de analizar los últimos cuatro años: los de Michelle y los suyos.

Jackson, Vallejos y compañía cada vez que sacaban 50, 80 ó 100 mil personas a la calle —el 2011— se arrogaban de representar a la gran mayoría de chilenos que pedían cambios estructurales, logrando meter —hasta en la cocina— el relato de las reformas. Comprado este discurso, Bachelet dejó Nueva York y aterrizó en Chile para enfrentarse a una derecha —post Longueira— fracturada que dio como resultado una maraña de candidatos, cada uno de ellos con menos capital social-político que el anterior.

Ganó así Bachelet y sentó en el parlamento y en el gobierno a cuantos representantes e inspiradores del tan anhelado nuevo-ciudadano-chileno-reformista pudo. Borrachos del triunfo y de la nueva era que se iniciaba con ellos, le regalaron a la ciudadanía metáforas tan brillantes como “la retroexcavadora” y “bajarlos de los patines”.  Hoy recién están sintiendo la resaca de la fiesta.

Borrachos del triunfo y de la nueva era que se iniciaba con ellos, le regalaron a la ciudadanía metáforas tan brillantes como “la retroexcavadora” y “bajarlos de los patines”.  Hoy recién están sintiendo la resaca de la fiesta.

Lo primero era lo primero: Reforma Educacional. Pero para financiarla era necesario la Tributaria, la cual fue mal escrita y nadie la entendió. La inversión se espantó —como era de esperarse— y la economía se fue a las pailas. La presión fue tanta que se cambió de Ministro de Hacienda por uno más moderado (que a la larga también se terminó yendo, dándole a Bachelet el récord de haber tenido tres jefes de las platas públicas desde la vuelta a la democracia) y vaticinando lo que vendría el 17 de diciembre pasado: nos hemos comprado diagnósticos facilistas de una manera brutal” pocos días antes de la elección.

La Araucanía se descontroló, SQM se transformó en la sigla que nadie quería escuchar en La Moneda y bajo un febrero caluroso en Caburga —cual monstruo del Lago Ness— se vislumbraba el Caso Caval, hecho que terminó por derrumbar a Michelle la transparente, la humilde y —para peor— la musa al culto de la maternidad tierna de este país. Un joven Peñaillilo partió al exilio comunicacional para dar entrada a Burgos quien, por cada golpe que recibía del PC, hacía que la DC se separara cada vez más de La Moneda, incluso con candidata propia al sillón presidencial.

Mientras esto pasaba, la derecha articuló su relato de campaña: a los efectos de la Reforma Educacional, Felipe Kast contestó que había que poner a los niños primero y Ossandón levantó la bandera de los CFT e IP. José Antonio Kast recorrió cuantas veces pudo La Araucanía mientras Bachelet fue sólo un par de veces a puntillas de pie. Y Piñera, ya candidateado, sacaba a relucir su gran activo: reactivar la economía. Para sorpresa de todos, incluso fueron a primarias.

La izquierda no logró tener una lista única parlamentaria y ni siquiera fueron capaces de ir a primarias, levantado un candidato que durante los meses de campaña logró proyectar pura y soberana confusión.

Dicen que los debates no te hacen ganar las elecciones, pero sí perderlas. Alejandro no fue capaz de que la ciudadanía pudiera responderse antes del domingo de la elección ¿Quién es realmente Guillier?

Dicen que los debates no te hacen ganar las elecciones, pero sí perderlas. Alejandro no fue capaz de que la ciudadanía pudiera responderse antes del domingo de la elección ¿Quién es realmente Guillier?

Bachelet, al ver los resultados de la primera vuelta, se sentó en su escritorio y debió pensar lo siguiente: ¨voy a pasar a la historia como la socialista que le entregó dos veces La Moneda a la derecha¨. Fue ahí, al igual que en los matrimonios del medievo, que por conveniencia decidió casarse con Guillier —no le quedaba otra— y poner todo el aparato estatal, financiado por usted y por mí, a disposición de la campaña. Sin embargo, no vivieron felices para siempre.

El domingo de segunda de vuelta, Piñera y los suyos firmaron cuatro años de gobierno. La izquierda lo perdió porque le compraron —cuatro años antes— a la bancada estudiantil que ellos representaban a la mayoría del país que pedía reformas cuando no sacaban a la calle ni a la mitad del total de los estudiantes chilenos. Perdieron porque votó la clase media que las reformas en algún punto le tocaron sensiblemente la vida y no les pareció: les sacaron el copago, les bajaron el sueldo en la pega y muchos tuvieron que hacer de Uber, los asaltaron en la calle o entraron a sus casas a robar. El votante de centro veía todos los días en las noticias la pasividad de la autoridad en La Araucanía y, aunque pocos entendieron qué era Dominga, no podían crear la cantidad de peleas internas y el desorden de La Moneda. Vieron cómo bajaron a Ricardo Lagos padre —que por lejos era el que más les demostraba confianza— y, para peor, en segunda vuelta cuando todo el centro y la clase media esperaba que por fin alguna vez en estos cuatro años les hablaran a ellos, decidieron negociar con el Frente Amplio.

Ahora a Bachelet la espera Caburga donde es vecina de los Piñera y otras pocas familias privilegiadas. A los del Frente Amplio las típicas discusiones —en las salas de los centros de alumnos en las universidades que ganaron este año— sobre el libro nuevo del intelectual de izquierda y de moda. Y a los partidos de siempre, lo de siempre: contar cuántos escaños tuvieron para ver realmente cuánto oxigeno les queda. Mientras el centro y la clase media, se seguirá sentando a tomar té con sus familias quizás sin entender realmente que volvieron a cargar la balanza hoy para la derecha y que, si esta no los escucha bien y no los interpreta mejor que Michelle y los suyos, en cuatro años más la cargarán hacia el otro lado.

 

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