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La elección presidencial chilena ha sufrido una especie de “venezonalización”. Para una parte del electorado, la diferencia entre Guillier y Piñera sería que el primero nos llevaría a ser como el país americano en crisis, mientras que el segundo lo evitaría, para guiarnos por el camino del desarrollo.

El uso de este recurso tiene que ver con que Chile Vamos aún no le toma el peso a la importancia de las ideas. Es tal la orfandad de proyecto político, que en momentos en que se debería profundizar la convocatoria a un ideal de país radicalmente diferente al de la izquierda, se prefiere recurrir a la opinión sobre un régimen fallido para determinar la votación

En momentos en que se debería profundizar la convocatoria a un ideal de país radicalmente diferente al de la izquierda, se prefiere recurrir a la opinión sobre un régimen fallido para determinar la votación.

La centroderecha recurre al miedo para movilizar a su gente, por sobre una visión de país que valga la pena. Si hasta Piñera dijo que Guillier “se parece cada día más a Maduro”.

Igual que el tema Venezuela, la fluctuante posición del propio Piñera sobre la gratuidad universitaria es una muestra clara de la falta de ideas: prefiere hacer propias las banderas del adversario para convocar a los indecisos, sin tener en cuenta el daño inmenso que se hace a sí mismo, a su coalición y a sus ideas.  Por eso, pasó de repudiarla como sistema a proponer un aumento en la misma.

La idea de robar las banderas enemigas acríticamente es una táctica peligrosa, que resulta poco y mal. De ganar, el gobierno de la centroderecha quedaría amarrado por dos frentes: el ideológico, pues no tiene un entramado de ideas profundo que le sirva para enfrentar a la izquierda en el campo de la justicia -e ir más allá de la eficiencia-; y el de la política pública, ya que estará obligada a operar con medidas del oponente. Como la centroderecha en general desprecia las ideas, no le importará el primer frente. Pero vaya que les dolerá el segundo, porque tienen todas sus fichas del éxito de un posible gobierno puestas ahí.

Pongámonos serios. Chile no se transformará en Venezuela el 11 de marzo de 2018 si gana Guillier. El camino a la narcodictadura chavista fue mucho más largo y complejo que la mera elección de un presidente, y tuvo mucho que ver con la inocencia de quienes creyeron que las instituciones por sí solas eran un freno suficiente para el populismo. Y por eso es tan importante la batalla de las ideas que se ha ignorado en esta campaña, de posicionar lógicas de un poder limitado, de respeto democrático, de libertad para emprender, pluralismo político, en fin, todas aquellas ideas que configuran una sociedad libre. La elección de Guillier implica profundizar un modo de gobernar que acelera la degeneración política, social, económica, camino similar al que vivió Venezuela. Y si no les gusta Venezuela, use el caso de Argentina, o Ecuador, o Bolivia.

Por eso es tan importante la batalla de las ideas que se ha ignorado en esta campaña, y posicionar lógicas de un poder limitado, de respeto democrático, de libertad para emprender, pluralismo político, en fin, todas aquellas ideas que configuran una sociedad libre

Considerando que nuestra historia se ha encargado de mostrarnos lo rápido que se degradan las instituciones y cómo pueden empeorar las condiciones de convivencia política, es preferible no tomar el riesgo.

Todo este esfuerzo por transformar la elección en un plebiscito sobre si lo que pasa en Venezuela podría pasar en nuestro país es vano. Lo que sí es claro es que si se quiere gobernar con éxito, más vale convocar a través de principios que utilizar el miedo. Porque quizás no seamos “Chilezuela”, pero poco se puede hacer cuando quien pretende gobernar no está dispuesto a proponer un camino propio.

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