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Durante el reinado de Nicolás I (1825-1855), se siembran las semillas del pensamiento revolucionario ruso, y con ello, las de una futura militancia política dentro de esta sociedad, aunque entonces apenas circunscrita a exiliados del “gendarme de Europa” tales como Aleksandr Herzen (1812-1870) y Mijail Bakunin (1814-1876), cuyo reflujo había de volver tarde o temprano a la patria natal. Con ello, comienza a superarse el pronunciamiento militar aislado y la reflexión abstracta de élite, de las que nace el pensamiento conservador y liberal ruso.

Precisamente, el rol defensor del absolutismo europeo pareció convencer a Nicolás de hacerlo legítimo acreedor de nuevas expansiones territoriales a costa del Imperio Turco. Después de sendas intervenciones sobre el Cáucaso y en su zona europea (1828-1829, 1848), en 1853, ni el victoriano Reino Unido ni la Francia de Napoleón III consistieron una nueva intromisión, que parecía poder lograr el viejo sueño ortodoxo: la recaptura de Constantinopla. La Guerra de Crimea (1853-1856) marca la debacle de la autocrática política del zar, saldada con la crisis económica, la coincidente muerte del soberano y la subsecuente derrota.

Cuestionada la sociedad rusa frente al fracaso, el nuevo zar Alejandro II, apostará por una modernización liberal, pues como fue dicho en la anterior entrega, conservadurismo y liberalismo convivían en la vida nobiliaria, aun cuando predominase el contrario.

Dentro de las medidas bajo el reinado del “Zar Libertador” (1855-1881) se encontrará la emancipación de los siervos (1861), que liberados de los terratenientes ahora vivirían bajo la autoridad de la obshchina de la aldea, pero abrió una sutil brecha para el ascenso social; la reforma de administración financiera estatal (1863), la concesión de autonomía universitaria (1863), la reforma judicial (1864) que permitía juicios públicos, la reforma de la censura (1865), la reforma de la enseñanza primaria (1864) y secundaria (1870), así como la modernización militar (1874) que permitiría la expansión por Asia Central y el apoyo ruso a la independencia de los Balcanes. Incluso volvería a conceder instituciones autónomas al Gran Ducado de Finlandia, pero no así a Polonia, castigada por su nueva rebelión (1863-1864).

            Con todo, las más relevantes para nuestro tema fueron la reforma que creó zemstvos provinciales (1864) y dumas urbanas (1870). Serían asambleas de autogobierno provincial y metropolitano paralelas a la autoridad imperial, elegidas por un electorado dividido en curias. Éstas administrarían materias como la educación, beneficencia, policía e incluso ciertos impuestos. Así, con este sistema electoral, la creciente burguesía pudo hallarse con la aristocracia liberal en un lugar común de capacitación política, mientras los burócratas hacían reformas de signo semejante sobre el aparato estatal.

No obstante, al final de la década de 1870, la sociedad parecía intranquila y disconforme de uno y otro lado. Por uno, la juventud universitaria que desde 1860 había accedido a ella con mayor facilidad, se entregaba al movimiento narodnik, una idealización romántica del mujik, haciendo de la aldea el modelo de un futuro socialismo regenerador del mundo, y al mismo tiempo, entre ellos, el surgimiento del nihilismo, como rabiosa rebelión contra toda autoridad. Aquí se encontrarían jóvenes como Nikolai Chernishevski (1828-1889), Sergei Nechaiev (1847-1882) y Piotr Kropotkin (1842-1921). Por el otro, la oposición a las políticas liberales por hombres públicos influyentes, como el fundador del periodismo político ruso, Mijail Katkov (1818-1887), a través de su periódico “Moskovskoe Vedemosti”, o Konstantin Pobedonostsev (1827-1907), tutor y eminencia gris de su sucesor, Alejandro III.

Todo acabaría con el asesinato del zar en 1881

  Finalmente, la síntesis política nihilista-narodnik de las organizaciones Zemliá y Voliá (Tierra y Libertad) y Narodnaya Voliá (La Voluntad del Pueblo), primeras en exportar el magnicidio por Europa, empujarían el final de las reformas liberales, que incluso bajo ley marcial, bajo la “Dictadura del Corazón” (1880-1881) del conde Mijáil Loris-Melikov (1825-1888) se permitió proponer al zar una constitución  que concediera cierta participación a los comunes en la proposición de las leyes. Empero, todo acabaría con el asesinato del zar en 1881.  Cuando en 1882, el ministro del Interior Nikolai Ignatiev intente una propuesta semejante, todo caerá en el vacío. El asesinato parecía confirmar el fracaso liberal, y Pobedonostsev así convenció al nuevo zar.

Comenzaron las contrarreformas: se fortaleció el poder de los terratenientes sobre la vida de las aldeas campesinas y los zemstvos, se limitó el acceso a la educación, se entregó las escuelas primarias a la Iglesia y se abolió la autonomía universitaria. Se reformó el sistema judicial, limitando las garantías, y se agudizaron las medidas policiales y de censura, pero las más agudas serían el aumento de requisitos para electores de zemstvo (1890) y la forzada “rusificación” de la cultura entre los pueblos no rusos del vasto Imperio, además de una creciente persecución y emigración de sus parias, los judíos. De forma paradójica, todo fue remachado por el desarrollo industrial del país, del cual el inicio del Ferrocarril Transiberiano en 1891 es su principal obra, y el ministerio de Sergei Witte (1892-1903) el principal impulsor de su “capitalismo de Estado”.

Durante esta época destacarán las críticas al liberalismo democratizador, igualitarista y secularizante del filósofo y escritor Konstantin Leontiev (1831-1891), Liev Tijomirov (1852-1923), pensador monárquico y ex miembro del Narodnaya Voliá, así como el conservatismo social del controvertido filósofo Vasili Rozanov (1856-1919). Aunque no se le puede catalogar directamente aquí por su enfoque religioso, debe mencionarse por su influjo futuro en el conservadurismo ruso la obra del filósofo Vladimir Soloviov (1853-1900).

La permanente importación universitaria que Rusia hacía de Alemania había de facilitar sin quererlo la final llegada de Marx a través de Kant y Hegel, encarnada en la fundación del grupo “Emancipación del Trabajo” en 1883

Con todo, la reimplantación de la autocracia bajo Alejandro III mostraba graves fisuras. Por una parte, la permanente importación universitaria que Rusia hacía de Alemania había de facilitar sin quererlo la final llegada de Marx a través de Kant y Hegel, encarnada en la fundación del grupo “Emancipación del Trabajo” en 1883, donde destacará Georgi Plejanov (1856-1918). A su vez, la hambruna de 1891 mostraría la ineficiencia del inmenso aparato burocrático imperial en contraste con la actividad de los zemstvos dirigido por los prohombres liberales, héroes de la acción civil en ayuda a los damnificados, hecho destacado por el historiador Orlando Figes como prolegómeno de la futura revolución. Finalmente, la temprana muerte de Alejandro en 1894 y el paso al bien intencionado, aunque inexperto y místicamente autócrata Nicolás II. Dependiente de la maquinal inercia de consejeros y ministerios, buscó mantener la obra de su padre con un ingente interés en reforzar los lazos de la monarquía con el bajo pueblo, en una suerte de reedición de la Rusia previa a Pedro el Grande.

Bajo su reinado, es interesante ver como en el cambio de siglo se percibe una común efervescencia política a pesar de la clandestinidad. La fundación de los izquierdistas Bund (1897), Partido Obrero Socialdemócrata (1898) y Partido Social-Revolucionario (1902), son casi paralelas a la constitución de un centro político formado por los dirigentes liberales del zemstvo, quienes desde el exilio serán alentados por la revista Osvobodzhenie (Liberación) en 1902, inspirando la fundación de la “Unión de Liberación” en 1904, que ante la prohibición desarrolló una exitosa y decimonónica “campaña de banquetes” con miles de adhesiones. Sobre ésta, no deja de interesar que dos de sus promotores hayan sido conversos del marxismo, del que sospechamos que hayan aprendido la necesidad de movilización política: el editor de la revista y futuro político Piotr Struve (1870-1944) y el filósofo Nikolai Berdiaev (1874-1948).

Finalmente, el anhelo del zar por una “autocracia popular” también tuvo que recurrir a claves modernas en su organización, formando en 1900 la Russkoye Sobranie (Asamblea Rusa), compuesta por miembros de la élite nobiliaria, militar, clerical, burócrata e intelectual.

El resurgimiento en 1902 del terrorismo magnicida por los social-revolucionarios, herederos de los narodnik, así como la primera ola significativa de huelgas en 1903, presagiaban el devenir. También los pueblos no rusos, gracias a la modernización, también habían adelantado mucho en su autocomprensión bajo las categorías del nacionalismo moderno, mientras la monarquía se esmeraba en homogeneizar lo más posible a su población.

Serán dos errores gubernamentales los detonantes de la crisis: una manifestación política mal manejada y el insaciable expansionismo ruso sobre Asia, desde donde nacerá el estallido revolucionario de 1905, el cual es también, la fecha de nacimiento para la derecha partidista en Rusia.

Con todo, serán dos errores gubernamentales los detonantes de la crisis: una manifestación política mal manejada y el insaciable expansionismo ruso sobre Asia, desde donde nacerá el estallido revolucionario de 1905, el cual es también, la fecha de nacimiento para la derecha partidista en Rusia.