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Después del conflicto entre Mayol y Jackson por la competencia en el distrito 10, reaparecen interesantes reflexiones. Una de ellas es que el Frente Amplio —mascarón de proa de la nueva izquierda—, pese a sentenciar desde una pureza de espíritu los actos de la vieja política (incluyendo a la Concertación), cae en las mismas mecánicas del juego sucio de la política que tanto impugna. Esto a raíz del blindamiento de la campaña de Giorgio Jackson y, en primera instancia, un veto a la competencia de Mayol en el mismo distrito.

El Frente Amplio queda en una posición profundamente incómoda, pues estos descendientes de la Concertación han rechazado sistemáticamente todos los logros de este último conglomerado político, tildándolo de ser simplemente una extensión del neoliberalismo. Es decir, la nueva izquierda rechaza los logros de la antigua izquierda y solo mantiene sus mecánicas que tanto critica.

¿Qué caracteriza a esta nueva izquierda? Primero que todo, la laxitud de los conceptos con los que se expresa. Escuchamos regularmente fórmulas como “participación ciudadana”, “proceso democrático”, “neoliberalismo”, “Estado”, etc., pero en ningún momento hay una claridad respecto a lo que se entiende por estos conceptos. Por lo mismo, la argumentación con esta ala política siempre se vuelve arenosa y cada uno define los términos a su gusto. En la oscuridad de su lenguaje, todas sus ideas son pardas.

¿Qué caracteriza a esta nueva izquierda? Primero que todo, la laxitud de los conceptos con los que se expresa

Otra característica es el poco compromiso con sus ideas en la vida práctica. Esto quiere decir que suelen reflexionar desde un lugar privilegiado donde sus cambios no los afectan directamente. Están dispuestos a alterar la vida de los otros, pero no a poner en riesgo su propia vida. Están dispuestos a eliminar un sistema de pensiones cuando cuentan con varios negocios y abultadas cuentas bancarias. Están en contra de los colegios emblemáticos una vez que ellos y sus hijos estudiaron en los mejores particulares. En definitiva, desprecian todo lo que llaman neoliberalismo pero desde dentro de una vida llena de ventajas obtenidas por el neoliberalismo. Son, curiosamente, detractores y reproductores del sistema que tanto odian. Lo que los anglosajones llaman “champagne socialist”. Más allá de los argumentos, el ciudadano de a pie se pregunta “¿por qué debo creer en las ideas de alguien que no las vive en carne propia?”. Probablemente porque su discurso es tan débil e insustancial que ni sus mismos promotores desean vivirlo.

Con una retórica más romántica que realista, terminan defendiendo lo indefendible. Algunos se han reconocido como los hijos de Guevara, Chávez y Fidel, personajes en la historia de Latinoamérica de orden dictatorial, homofóbicos, racistas y sin miedo de usar su poder para llevar a la cárcel —y la muerte— a quienes no hayan estado de acuerdo con sus posturas. Pero, a la vez, su discurso está lleno de un mensaje de aceptación y multiculturalidad.

Desprecian todo lo que llaman neoliberalismo pero desde dentro de una vida llena de ventajas obtenidas por el neoliberalismo. Son, curiosamente, detractores y reproductores del sistema que tanto odian

También caen en una simplificación y reduccionismo de la política en la sociedad: solo existen los buenos y los malos, los amigos y los enemigos. Obviamente, ellos son los buenos, los heraldos de la moral. Tanto la derecha como la vieja izquierda son las culpables de este invento neoliberal que llamamos Chile. El progreso que ha tenido el país —junto con el aumento de la calidad de vida de los chilenos— no es más que una mascarada para una realidad horrible y mercantil a la que somos ciegos. La única respuesta a este problema es una expansión radical del Estado a todas las áreas de la vida en sociedad. La tesis es que “el régimen de lo público” eliminará el individualismo, la desigualdad y el egoísmo de nuestros corazones. No existe un momento de reflexión acerca de las virtudes del mercado o las implicancias de un Estado que abarque toda la sociedad. Un pensamiento tan tosco que no se detiene a repensar el rol que puede jugar la desigualdad justa en la sociedad (por ejemplo, el trato preferencial que tenemos con las personas con discapacidad). En ningún momento hay una detención para juzgar si parte de este malestar que los chilenos dejan entrever también puede ser por culpa del Estado en temas como la salud, la seguridad y la educación.

¿Cómo se resumen todas esas características? Grosso modo, que esta nueva izquierda no es más que una extensión, un fruto del neoliberalismo que tanto critican. Desde una perspectiva zizeakiana, esta nueva izquierda es un subproducto del capitalismo que lo fagocita, lo parasita, pero es intrínsecamente dependiente de él.

Obviamente con esto no quiero decir que la nueva izquierda sea neoliberal en el ámbito de la economía, sino en cómo funciona su discurso, su pensamiento. Es decir, es neoliberal en el inconsciente. La antigua izquierda se caracterizaba por su capacidad de aglutinar, de juntar y cobijar grandes espectros sociales bajo ideas generales en las que todos estuvieran de acuerdo. Podemos recordar afiches de la vieja izquierda donde hombres y mujeres, mineros y agricultores, campesinos y colegiales, etc., comparten ideas colectivas. En la nueva izquierda, todo es individualismo. Ni siquiera los movimientos dentro de la misma izquierda pueden encontrar un lugar en común, fragmentándose cada vez más. Incluso, grupos como las minorías sexuales y de la reivindicación indígena —que históricamente se han ubicado a la izquierda del mapa político— se dividen y fragmentan, llegando a luchar entre ellos mismos. La nueva izquierda nos dice que lo propio de este terrible neoliberalismo es el individualismo extremo introducido por el mercado. Pues es justamente esta nueva izquierda la más egoísta e individual que hemos podido ver. La lógica del mercado parece penetrarla y cada individuo puede encontrar o crear un nuevo movimiento para satisfacer sus deseos personales más allá de lo mejor para el colectivo. Solo existe el “yo” por sobre cualquier “constructo social” colectivo (partido, patria, familia, pareja, género, etc.).

No existe un momento de reflexión acerca de las virtudes del mercado o las implicancias de un Estado que abarque toda la sociedad

Esto quedó muy claro en el conflicto Mayol-Jackson, donde la lógica del neoliberalismo llega a su punto más radical: el individuo está por sobre el colectivo, tanto por la actitud de Mayol, así como por la búsqueda de blindamiento de Jackson a su campaña.

Parece ser que la nueva izquierda es profundamente ciega a sus fundamentos y se pisa la cola cada vez que intenta articular lo que dice con lo que es.