Evaluación
[Total: 3 Promedio: 5]

Hace exactamente un año, la Ministra de Educación, Adriana del Piano, entregaba una fatídica noticia a los chilenos: el Mineduc quería eliminar filosofía del sistema escolar. Luego de que los intelectuales y la sociedad en general —que por primera vez parecían estar de acuerdo— rasgaron vestiduras, se dio un nuevo comunicado. Tras la presión social, la filosofía estaría presente de manera generalizada en la educación media, incluyendo como novedad a los colegios técnico-profesionales. De este modo —y en un ardid político— la ministra del Piano sacó un milagro de una tragedia.

Lamentablemente, después que la noticia dejó de estar de moda, nos hemos olvidado del problema medular que alberga la filosofía en la educación media: su abordaje y finalidad. No fueron pocos los intelectuales y académicos a los que la noticia de la “muerte de la filosofía escolar” simplemente les pareció el último clavo sobre un ataúd. Para ellos —y me incluyo— la filosofía ya estaba muerta y su nombre en el horario escolar no era más que la excusa para introducir contenidos de dudosa calidad. Para los que hemos trabajado en colegios, sabemos que el ramo de filosofía termina convirtiéndose en un collage de psicología barata, autoconocimiento e incluso cultura new age (sin contar con aquellos que instrumentalizan la filosofía para contrabandear contenidos ideológicos). ¿No es, acaso, este el mejor momento para replantearnos cómo queremos la filosofía en los colegios? La naturaleza misma de esta ciencia plantea problemas en su abordaje. Aun así, hay dos directrices que debemos tener en cuenta.

La primera de ellas es el abordaje histórico de la filosofía sin convertir el ramo en “historia de la filosofía”. Personalmente me parece que reflexionar los problemas, tanto de la filosofía como de otras ciencias, de manera histórica ayuda mucho a los alumnos a entender el sentido de lo que se está aprendiendo. De este modo, podemos entender a Platón, Aristóteles, El Aquinante, Kant, Heidegger, etc., no como pensamientos atomizados acerca de ciertas preguntas, sino como un relato sobre los problemas medulares en el pensamiento filosófico. Esta metodología implica un cierto grado de arte pedagógica por parte del profesor; debe mostrar un problema a los alumnos para que ellos lo identifiquen y puedan seguirlo a través de todo el ramo y en diferentes pensadores. De lo contrario, el estudio de Kant no tendría una diferencia sustancial que aprender sobre la obra de Andrés Bello o la vida de Alejandro Magno.

El segundo aspecto es el objetivo último de la asignatura: fomentar el pensamiento crítico en los alumnos. El ramo no puede reducirse simplemente a una apología de cómo debemos vivir en la sociedad —idea que tenía la reestructuración del ramo después de la rectificación del Mineduc. La filosofía es, por naturaleza, inquisidora: formula preguntas muchas veces incómodas, cuestiona lo que se da por sentado, exige argumentos y congruencia, etc. Si, al final de cuentas, el ramo de filosofía no promueve el pensamiento crítico en los jóvenes, su existencia no estaría justificada; podemos buscar el pensamiento crítico en la literatura, la historia, etc. Si la metodología de la filosofía en los colegios —histórica pero no historicista— ya representa una gran dificultad, el que un profesor pueda fomentar el pensamiento crítico en los alumnos requiere una capacidad digna de alabanza.

Al final de cuentas, y como dice con mucha sabiduría el filósofo alemán Immanuel Kant, “no se puede aprender filosofía, solo se puede aprender a filosofar”.