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Es el año centenario de la Revolución. En nuestra mente podría aparecerse orlado en banderas rojas el rostro pétreo de Lenin, con su brazo extendido como convidándonos a su lucha, como señalando el mundo de injusticia a destruir; todo un icono de la propaganda sobre una de las figuras más influyentes del siglo XX.

 No obstante, este hombre elevado al altar del marxismo ateísta para luego ser defenestrado, ni fue la chispa ni el pionero de la revolución; ni siquiera el incuestionable líder, como murió siéndolo. Lenin se volvió capitán de una de las muchas banderías marchantes en búsqueda de la revolución, como si fuese un destino común. De hecho, quizá el único consenso que las hermanaba, habituadas entre sí a peleas sectarias más propias de la intelligentsia que de las preocupaciones del proletariado.

¿Qué ocurría en los millones de rusos ajenos a esto, aquellos que no podían arriesgar la vida y empleo a cambio de la muerte, el relegamiento en Siberia o el exilio? No todos ellos serán enemigos de la Revolución cuando llegue. Muchos asumirán el nuevo orden de cosas, por ministerio del “peso de la noche”. Otros se convencerán de su alienación en días del Imperio e incluso, durante el breve Gobierno Provisional. Sin embargo, durante la Guerra Civil Rusa, reverso de la Revolución poco conocido para nosotros, no solo los conformes con el orden tradicional se contarán en la resistencia al avance bolchevique que desborda desde las ciudades. También quienes anhelaban reforma o modernización, incluso algunos que la entendían en clave revolucionaria, prefirieron colocarse en la otra vereda, la de los que habrían de ser vencidos.

¿Qué rol tocó a la derecha rusa en la Revolución? Es legítimo preguntarlo, toda vez que los términos “derecha” (pravie) e “izquierda” (levie) eran usados en la Rusia de entonces. Escudriñar la cuestión parece tanto más aleccionador cuando aludimos a esta fracción del espectro político que desaparece de los relatos habituales del tema, o que es torpemente simplificada como “zarismo”. Finalmente, conviene a todos los estudiosos del fenómeno de la derecha –y tanto más a sus adherentes– el detenerse sobre este proceso de la historia mundial que presagiaba para otros sitios del planeta, una dinámica que se volvió repetitiva: el estallido de un movimiento social autónomo, aunque alentado y luego ensillado por la izquierda, que acomete contra una derecha apenas reactiva, si es que previamente ya no se hallaba anulada.

En la presente realizamos más un ensayo descriptivo antes que científico en el asunto, revisando los orígenes de la derecha rusa, desde su germen hasta las puertas de la era de la partidización de la política.

Primeramente, afirmaremos que Rusia ha venido a formar parte de Occidente, en forma semejante a América Latina, como “tierra de frontera”, con una fuerte impronta cultura nativa aún vigente.[1] Para el caso ruso, el acoplamiento fue provocado a través del proceso de modernización iniciado por el Estado en el siglo XVIII, el que vio facilitada la homologación de ambas culturas gracias a los mutuos rasgos provenientes de la matriz judeocristiana y griega, recibidos por la ortodoxia bizantina.

Esta modernización fue selectiva y apuntó fundamentalmente a importaciones concretas y abstractas para la administración política, jurídica y militar, así como la técnica y la ciencia, y con ello, la educación. Luego, en la segunda mitad del siglo XIX vendría la injerencia industrial y financiera del extranjero.

A través del área intelectual, científica y educativa, debía infiltrarse en el arte y humanidades algunos influjos de la Modernidad en la élite rusa, costo inexorable de la modernización que, aunque tolerado y alentado por algunos, tempranamente hizo desear a otros un cedazo más fino con el Oeste, para colar aquello que amenazase la particularidad rusa.

A pesar de toda su peculiaridad local, vemos en este dilema una similitud con el que enfrenta la Europa dieciochesca, cuando despunten una izquierda y una derecha política. La primera, dirá ser voz de los desfavorecidos, “cuando se instala la opinión que critica lo existente, en nombre de algo mejor, o hasta perfecto”, siendo seguida de una derecha “que responde a la crítica afirmando que el orden existente es lo posible, pero que no es mera reacción, “ya no es mera defensa refleja de un interés herido o amenazado, sino cuando a ello se le une una palabra que es más que el interés”, viéndose obligada a hacer un contrapunto en un lenguaje equivalente. El mayor énfasis hacia una sociedad futura utópica, o hacia la perfección fijada en un pasado común, marcarán después a las extremas izquierda y derecha, respectivamente.[2]

El florecimiento de la Ilustración en Rusia será clave para el inicio de este debate y, como cosa llamativa, el liberalismo será entonces privilegio de nobles, haciéndose visible por diversas señas desde el reinado de Catalina II (1762-1796), en los dos únicos grupos con real capacidad política: la monarquía y la nobleza. A pesar de su simpatía por hombres como Voltaire, Catalina usó selectivamente las ideas liberales, fundamentalmente a Montesquieu, para generar un marco jurídico occidentalizado, disciplinando y atrayéndose a los nobles, y para favorecer a los ciudadanos urbanos; todo a costa de endurecer la servidumbre.

Por su parte, en la nobleza, el liberalismo de cuño británico aparece como argumento para limitar la autocracia, pero con cierto aire frondista. En época de Catalina surgirán ciertas formas de sociabilidad ilustrada, de líneas liberales y que, aun teniendo patrocinio imperial, no están bajo control estatal directo, representando cierto anhelo de autonomías sociales como se ve en la “Sociedad Económica Libre” (1765) o en el auge de las logias masónicas desde 1770. Con todo, se mantuvieron en los límites de lo aceptable para el Despotismo Ilustrado, pero poco a poco se generará un pozo de nobles con tendencias más radicales.  Quizá uno de los primeros fuese el conde Pavel Stroganov (1774-1817), presente en la Revolución Francesa, donde militará en el Club de los Jacobinos.

Para un proyecto de transformación liberal de la sociedad habrá que esperar al reinado del zar Alejandro I (1805-1825), quien quiso a momentos concretar sus ideales juveniles. Entre sus colaboradores, destacará la obra de Mijail Speransky (1772-1839), secretario de Estado, quien, inspirado por los ilustrados franceses y Kant, procuró entre 1809 y 1812 generar una monarquía constitucional a través de una amplísima reforma educacional, económica y del régimen jurídico civil y penal, así como de la administración interior. La reforma quedó frenada con la reacción de nobles y clérigos, y tanto más, con la guerra contra Napoleón, encarnación de la nueva monarquía liberal.

Las reformas de Speransky servirán también de prolegómeno al conservadurismo ruso, en la crítica que hará el escritor romántico e historiador Nikolái Karamzín (1766-1826), en “Memoria sobre Rusia antigua y moderna” (1811), defendiendo la necesidad de la autocracia y rechazando el modelo a la europea, aunque crea en una gradual europeización de la sociedad. Más adelante, otros alabarán las glorias de la monarquía, aunque siendo más enfáticos en rechazar la europeización.

No obstante, faltaba aún para observar las primeras instigaciones hacia la revolución en clave política moderna, y no la típica rebelión propia del Antiguo Régimen, como Rusia sí las conoció hasta el siglo XVIII bajo el comando del cosaco Yemelian Pugachov (1773-1775).

Tras la victoria sobre Napoleón, por una parte, la “Santa Alianza” inspirada por Alejandro I, tendió a fortalecer el absolutismo en toda Europa. Por la otra, el contacto con el resto del continente alentó en un mayor número de nobles y oficiales militares el anhelo por la Constitución. Una serie de sociedades secretas y de motines militares, así como la ambivalencia del zar que quería ser liberal sin sacrificar parte alguna de su poder, llevaron a que, tras su sorpresiva muerte, apareciese la oportunidad de un cambio real.

La “Rebelión Decembrista” de 1825, que buscó jurar lealtad al Gran Duque Konstantin Pavlovich en lugar de su más autoritario hermano, el futuro Nicolás I, resultó en fracaso y la autocracia rusa se hizo entonces aún más rígida. De hecho, apenas después de esto, inaugurará la “Tercera Sección de la Cancillería Imperial”, origen de la larga historia de policías secretas del país.

En 1833, su ministro de Educación, Sergei Uvarov proclamaría como política de Estado una que será de larga data: la defensa de los principios de “Autocracia, Ortodoxia e Identidad Nacional” (narodnost), los cuales alejarán al país del liberalismo y, no obstante, van bruñendo ideas antiguas como consignas propias del lenguaje político moderno.

De hecho, a pesar de todo el autoritarismo del que será apodado como el “gendarme de Europa” al ofrecerse para aplacar las revoluciones de 1848, durante su reinado la élite intelectual, (que en Rusia sí existirá como grupo social influyente, si lo comparamos con la historia chilena) debatirá sobre la cultura nacional, lo cual no es del todo homologable a la disputa política liberalismo-conservadurismo, pero había de suministrar ideas futuras a cada uno o a la reunión de ambos: la pugna entre los occidentalistas (zapradnichestvo), convencidos de la necesidad de imitar a Occidente para salvar el retraso del país, y los eslavófilos (slavyanoflistvo), apelando a valores etno-religiosos que invocaban un destino distinto para Rusia, incluso con tintes mesiánicos respecto del mundo entero. No obstante, la inclinación conservadora y localista de estos últimos serán particularmente influidos por la filosofía idealista y romántica alemana a la hora de transmitir sus conceptos, lo cual refuerza la idea de la inevitable necesidad de usar un lenguaje moderno, incluso para defender realidades más antiguas.

Nuevamente, sólo el ascenso de un nuevo Autócrata de Todas las Rusias en 1855, inaugurará una nueva era política para el vasto imperio, y entonces, poco a poco, irá destilando en el resto de la sociedad las gotas de la politización, sin las cuales los sucesos de 1917 no hubiesen sido posibles.

 

[1] En la raíz de esta idea admitimos la influencia de pensamiento de la profesora Olga Ulianova.

[2] Cfr. Fermandois, Joaquín: “La revolución inconclusa. La izquierda chilena y el gobierno de la Unidad Popular”, Santiago, CEP, 2013, pp. 43-45.