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Desde el punto de vista político, la retórica siempre se ha visto como un peligro, pues muchas de las figuras que han logrado convencer a las masas a través del carisma se han aprovechado de ésta

La relación que hemos tenido los filósofos con la retórica, desde sus inicios, ha sido ambivalente. Esto porque se suele entender la retórica como una técnica o disciplina enfocada netamente en la persuasión en contraposición de la filosofía, la cual busca la verdad a través de argumentos lógicos. Pero esa visión de la retórica es bastante reduccionista y poco acertada —y en gran parte difundida por los filósofos. Por contraparte, desde una visión positiva, la retórica puede servirle de ayuda a la filosofía, pues ya desde los tiempos de la Grecia clásica, la verdad tenía que ser transmitida de manera convincente. Esto se debe a que las buenas ideas deben buscar convencer a sus oyentes. La finalidad de esta entrada es mostrar lo que se debería entender como buena retórica y cómo ésta puede —y debe— ser parte de los fundamentos de un buen político y un buen gobierno. Todo esto, desde la reflexión platónica.

Desde el punto de vista político, la retórica siempre se ha visto como un peligro, pues muchas de las figuras que han logrado convencer a las masas a través del carisma se han aprovechado de ésta. La anterior siempre ha sido una de las grandes críticas a la democracia. Pero, por otra parte, también es posible darle un buen uso a la retórica en el horizonte de la transmisión efectiva de mensajes políticos que se enfoquen en el mejor gobierno para los ciudadanos.

Dentro de la filosofía y la política, es necesario entonces plantearnos la pregunta por cómo diferenciar la buena retórica de la mala, en orden de rehabilitar esta disciplina.

    Demóstenes practicando oratoria

Los filósofos clásicos —Platón y Aristóteles, por ejemplo—, si bien estaban reflexionando acerca del tema de la verdad, la retórica también se convertía en uno de sus asuntos por la relación que tiene con ésta. En Las Leyes[i], Platón comenta que todos los griegos saben que Atenas ama hablar, así como Esparta es una ciudad de pocas palabras y Creta practica más el engaño que la conversación. Esta introducción del carácter de las ciudades no es menor, teniendo en cuanta que esta obra —la última de Platón— está escrita luego de la derrota de Atenas por parte de Esparta en la Guerra del Peloponeso. Históricamente, una de las causas de esta derrota fue la aceptación por parte del pueblo ateniense de campañas militares bastante desastrosas.

Los que propusieron estas estratagemas deplorables fueron militares y hombres de estado capaces de convencer a través de la retórica.

De este modo, La experiencia de Atenas se puede leer como un aviso para nuestros tiempos de que una comunidad fundamentada sobre la retórica está condenada al engaño, el fracaso y la derrota.

La experiencia de Atenas se puede leer como un aviso para nuestros tiempos de que una comunidad fundamentada sobre la retórica está condenada al engaño, el fracaso y la derrota

Podemos ver en el siglo pasado el auge del nacionalsocialismo en Alemania a través de una fuerte campaña retórica por parte de Adolf Hitler. Este orador no solo llevó un partido al poder, sino que también cambió la visión propia del pueblo alemán, sacándolo de su decadencia resultado de la Primera Guerra Mundial, pero condenándolo a llevar a cabo crímenes de lesa humanidad y el declive de toda una nación.

Los ejemplos de Atenas y Alemania (entre muchos otros a lo largo de la historia) nos llevan a la primera tesis acerca de la relación de la retórica y el buen gobierno: la buena retórica no se puede resumir en la capacidad de persuadir a sus oyentes. Obviamente la finalidad del orador es convencer a quienes lo escuchan, pero como lo que buscamos es una retórica a favor del buen gobierno y las virtudes cívicas, debemos entender que la persuasión debe ser por el bien de la comunidad y servirle a ella más que complacer la finalidad del orador solamente.

De este modo, debemos constatar que la persuasión no puede ser el fin específico de la retórica, aunque esto no resuelva el problema de la buena retórica y su relación con el buen gobierno. Pero esto ya lo notaba Platón cuando en el Gorgias[ii] evalúa lo que podemos entender como una buena retórica. En este diálogo —ocupado usualmente como una crítica a la retórica de los sofistas—, Sócrates nos comenta que el objetivo de la retórica convencional (de los sofistas) no es la persuasión, sino la adulación. Esto quiere decir que el objetivo del retórico sofista no es convencer, sino decirle a su audiencia lo que quiere escuchar, satisfaciendo sus deseos y placeres. Como en los párrafos anteriores comentábamos que la buena retórica está enfocada en el servicio a los ciudadanos más que en el objetivo particular del retórico, podríamos decir que esta nueva forma de entender la retórica cumple con esta condición, ya que, en este caso, se están complaciendo los deseos y apetencias de los que escuchan. ¿Es esta adulación la finalidad propia de la buena retórica? Platón parece estar en desacuerdo con esta tesis, incluso aunque fuera la más difundida en su tiempo. Pero no está tan lejos de la modernidad, pues Hitler fue un gran orador que inflamó las creencias más profundas y los miedos de su pueblo para así ganar un espacio donde incluir sus propias ideas y políticas públicas. Todo esto, apelando al deseo y complacencia de sus oyentes

Hitler fue un gran orador que inflamó las creencias más profundas y los miedos de su pueblo para así ganar un espacio donde incluir sus propias ideas y políticas públicas. Todo esto, apelando al deseo y complacencia de sus oyentes

¿Y qué tiene de malo adular a la audiencia si esta termina empoderada y satisfecha? Platón responde que el problema radica en que el orador quiere mover más los apetitos humanos que su intelecto. Esto implica que, si el objetivo de la retórica es alagar, la naturaleza humana no es más que la búsqueda del placer. La filosofía platónica rechaza esta concepción de la naturaleza humana.

En el Fedro, Platón sugiere que la razón y las pasiones deben trabajar juntas y como equipo en el alma —la oposición y lucha entre la razón y las pasiones es una lectura errada y contemporánea. También, en este mismo diálogo, Sócrates comenta que la retórica puede funcionar efectivamente como un arte. ¿Qué implicancia tiene esta psicología platónica con la retórica? ¿Es azaroso que ambos temas aparezcan en el mismo diálogo? Como se comentaba anteriormente, entender la finalidad de la retórica como herramienta de adulación solo puede sustentarse en una abajada concepción de la psicología humana. Por lo mismo, entender la retórica como un arte enfocado al buen gobierno (como se dice en el Gorgias) implica entender verdaderamente como trabaja el alma del hombre.

En la conocida alegoría platónica acerca del alma en el Fedro[iii], el filósofo nos dice que ésta es un carro que se compone de tres diferentes partes. Una de ellas es un caballo salvaje, que representa las pasiones irracionales del alma. La siguiente corresponde a un caballo noble que representa la razón y, finalmente, un auriga que maneja a ambos caballos y que representa el intelecto. Como vemos, Platón no niega que tengamos una parte de nuestra naturaleza que se enfoque en la búsqueda de placer. Aun así —como seres racionales—, debe ser la búsqueda del conocimiento la que guíe nuestras vidas. ¿Pero por qué deberíamos dominarnos por el intelecto y la razón? Platón nos contesta que el caballo racional representa la capacidad de todos nosotros para poder formar una serie de metas e ideales a los cuales aspiremos y que hagan la vida digna de ser vivida. La vida propia del humano apunta al conocimiento más que a las pasiones.

Entender la retórica como un arte enfocado al buen gobierno (como se dice en el Gorgias) implica entender verdaderamente como trabaja el alma del hombre

Esta visión del alma humana de la que habla Platón nos ayuda a entender por qué en la actualidad existe un descrédito por la retórica. Los populismos latinoamericanos, por ejemplo, están marcados por fuertes líderes que convencen masas a través de la retórica. Lo que nos parece cuestionable es que el uso de esta herramienta no apunta a que los ciudadanos usen la inteligencia para guiar sus vidas, sino que, muy al contrario, buscan mantenerlos en un estado de ignorancia para fines políticos personales. De ahí que cada vez que veamos a un retórico, nos mostremos suspicaces respecto a su proceder. A la vez, todos estamos de acuerdo en que los ciudadanos deban ejercer un pensamiento crítico e independiente en orden de tener una democracia tal como la deseamos.

Ahora que ya entendemos lo que es la mala retórica —la que sobrepone los fines del orador por aquellos de los oyentes y la que busca complacer las pasiones del auditorio— podemos avanzar en contraposición hacia una buena retórica. Siguiendo a Platón, tener un alma implica pensar por uno mismo. Por lo anterior, la buena retórica corresponderá a aquella que busca provocar la reflexión y el pensamiento independiente del auditorio. Claramente, no podemos suscribir a todos los retóricos bajo este parámetro de finalidad, pero ciertamente han existido oradores de esta clase. ¿Pero es posible encontrar en nuestros tiempos gente que use la retórica de este modo? La dificultad radica en que está generalizada la idea de que la retórica solo sirve para persuadir con fines personales, lo cual está contrapuesto a la idea de fomentar el pensamiento crítico e independiente. Pero debemos tener claro que estas dos ideas anteriores no se excluyen la una a la otra necesariamente, sino que se pueden llegar a una relación a través de un delicado equilibrio en un discurso. Un buen retórico, de este modo, debe ser aquel que tenga la capacidad de poder mostrar y exponer sus ideas para persuadir a su auditorio pero que, a la vez, respete el pensamiento crítico de los oyentes; es decir, más que persuadir, convencer.

Por lo anterior, podemos afirmar que la retórica puede ser una herramienta vital para el buen gobierno, fortaleciendo la democracia y la participación ciudadana. Pero para que lo anterior sea posible, debemos entender la buena retórica como aquella que busca entregar ideas a la vez que estimula el pensamiento crítico y libre del auditorio. Es nuestro deber como ciudadanos, distinguir aquellos políticos que usan la buena retórica en lugar de la mala.

[i] Platón, Leyes I, 641e

[ii] Platón, Gorgias, 463b.

[iii] Platón, Fedro 246a.