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Link al artículo original: http://inventures.cl/cambiar-seguir-cambiando-la-historia-roger-federer/

"Sergi Bruguera, una semana antes, había caído 6-0 y 6-0 ante Sebastien Grosjean en Casablanca por lo que entré a la cancha sin el más mínimo atisbo de respeto por él. Pensaba que lo derrotaría fácilmente por 6-1 y 6-1, pero se trataba de un campeón de Roland Garros. Lo subestimé, entré en pánico y ya no supe más qué hacer. Perdí 6-1 y 6-1 y todo estaba siendo transmitido en vivo por Eurosport..."

Este relato es de Roger Federer, ganador de 18 GS y mejor tenista de la historia, y nos permite sacar varias lecciones aplicadas a la vida y los negocios.

Una primera lección evidente es la de respetar al rival, de no confiarnos y de entregar siempre lo mejor de nosotros mismos. Pero yo creo que hay una segunda lección que podemos sacar de este ejemplo, una que es menos evidente, pero igual de importante: la innovación permanente es lo que nos lleva a superarnos y conseguir el éxito.

El tenis, al igual que otros deportes competitivos, es un excelente laboratorio de innovación. En este deporte en particular hay un nuevo comienzo (fresh start) cuando comienza un nuevo campeonato y eso ocurre prácticamente cada semana. En cada campeonato hay que volver a buscar la victoria enfrentándose a distintos competidores y en contextos sumamente cambiantes. Incluso si dos semanas seguidas toca enfrentar al mismo adversario, es probable que la superficie de la cancha cambie, el cansancio de cada jugador sea distinto, y más importante, siempre cambia tanto la estrategia mental como técnica que emplea cada competidor.

Por eso, los deportistas de alto rendimiento deben continuamente buscar nuevas respuestas a las estrategias que siguen sus adversarios, es decir, deben cambiar para tener éxito y seguir cambiando para mantenerlo. Y en esta filosofía Roger Federer es un destacado exponente.

El comienzo de su carrera estuvo, sin duda, marcado por su carácter fuerte e incontrolable: perdía el foco en los partidos y rompía raquetas bastante seguido. El talento en cada uno de sus golpes no alcanzaba si la concentración flaqueaba, perdía partidos increíbles y con rivales ,en el papel, inferiores. Roger cuenta que en el 2001, luego de perder con Franco Squillari (“Estaba tan enojado que perdí el partido”) intentó dar un giro en su carrera. Su actitud cambió radicalmente  y pasó a intentar controlar todas las facetas del “juego mental”.

Este primer cambio no vino acompañado de éxito inmediato, pero si duradero. Ya el 2003 ganaba su primer Grand Slam (Wimbledon) y su actitud en la cancha era muy similar a la que tiene hoy. La consolidación de Federer en el número 1 llegó pronto, maravilló al mundo con un tenis técnicamente perfecto y mentalmente formidable. Hasta hoy, es muy difícil de entender la magnitud de la evolución que mostró en tan corto periodo de tiempo.

Roger Federer gana su primer Wimbledon - 2003

Un mes después de llegar a la cima del escalafón, le tocó enfrentar en la tercera ronda de Miami a un joven español de 17 años. Rafael Nadal sorprendía al mundo al eliminar al suizo en sets corridos. Ese fue el comienzo de la que probablemente es la rivalidad más importante que se ha visto sobre una cancha de tenis.

Federer y Nadal se veían las caras en los partidos más importantes durante largos años, cambiaban los contextos, pero los finalistas solían ser siempre los mismos. Hay para guardar como épicos al menos 10 partidos entre ambos, donde destacan sin dudas las finales de Wimbledon de 2007 y 2008 a 5 sets (y una ganada por cada uno). Los jugadores cambiaban sus estrategias para sacar lo mejor de si mismos y protegerse de las fortalezas de su rival, innovaban continuamente y muchas veces eso les costaba caro. No está claro que cambiar siempre asegure el éxito, pero quién no lo hace está destinado a fracasar.

Federer conseguía esos años imponer un ritmo demoledor, dominaba el circuito durante todo el año, pero cada vez que enfrentaba a Nadal sus opciones se veían reducidas y en la mayoría de las ocasiones perdía. En las canchas duras intentaba ser más agresivo y acortar los puntos, lo que mejoraba sus opciones de ganar, pero en arcilla solía sucumbir ante la sobrenatural capacidad física de Nadal, su defensa implacable y su juego enfocado en el revés de Federer.

Federer tenía en ese entonces un golpe de revés elegante y variado, conseguía una serie de tiros imposibles, pero este no era lo suficientemente agresivo cuando la pelota estaba alta. Conocedor de sus fortalezas, cambiaba su estrategia para esperar más adentro de la cancha y tomar la pelota antes de que subiera demasiado, pero esto se hacía imposible de aplicar al juego de Nadal.

El 2012 Federer alcanzaba su GS 17 en Wimbledon, ya habiéndose convertido años atrás en el más ganador (superó a Sampras que tenía 14), pero incluso en esos momentos probaba cambios en su juego que le permitieran seguir vigente. Los expertos comenzaron a notar una irregularidad mayor en su revés a la vez que este intentaba ser más agresivo. Era evidente que con mayor edad necesitaría de puntos más cortos para ser competitivo. Ahora necesitaba un revés más veloz no sólo para hacer frente con éxito a Nadal sino para permanecer vigente frente a otras estrellas mas nuevas del circuito (Djokovic y Murray son dos de los exponentes más importantes de ellas).

Pasaron los siguientes años y cada cierto tiempo Federer volvía a sorprender de manera más intermitente en el circuito. Nadie dudaba de que se acercaba el final de su carrera, pues pasados los 30 años es muy raro ver a un tenista mantenerse entre los 100 primeros. Pero Roger era simplemente distinto: el 2015 (34 años) cambió su raqueta tradicional por una que le entrega más potencia (a un costo de menor control) y sorprendió al mundo con un “nuevo tiro”. Solía acercarse a la línea de saque y recibir de sobre-pique los segundos servicios de sus rivales… los primeros indicios del éxito de sus experimentos con el revés estaban a la vista.

Comenzó el 2017 y Federer venía de 6 meses de inactividad por lesión, pero llegó renovado al Australian Open, primer GS del año. Sorteó los primeros partidos con una sorprendente facilidad, se le veía determinado, rejuvenecido y, con un revés como el de nunca antes. Años de intento y perfeccionamiento, de constante cambio y tomar riesgos involucrados, hicieron que el gran Roger ampliara aún más sus recursos técnicos.

La historia es conocida. Roger Federer ganó la final a Rafael Nadal y consiguió estirar su ventaja en los records históricos. Luego, ganó los siguientes dos torneos importantes (Indian Wells y Miami), donde obtuvo victorias rápidas y sencillas frente a Nadal y supo superar también a figuras emergentes de gran talento como el australiano Kyrgios. Con esto estamos frente a un dominio sin precedente para alguien que supere los 30 años (¡y Federer tiene 35!) que sólo en el futuro veremos en qué termina. Porque como dije antes el tenis es un laboratorio de innovación, es de esperar no sólo que Nadal pueda volver con nuevas estrategias, sino que las nuevas generaciones desafíen con formas de jugar nuevas, tiros distintos y se consoliden como el recambio.

 

Roger Federer luego de ganar el Australian Open 2017

Creo que falta una cosa más que aprender de este ejemplo, no sólo Federer basó su éxito en un mezcla de talento, inteligencia e innovación constante, sino que deliberadamente se adelantó a los problemas que podría enfrentar en su carrera y tomó decisiones arriesgadas de cambio profundo. Al comienzo de su carrera previó que sería un buen jugador, pero “del montón” si no cambiaba su estrategia mental de cara a los partidos y tuvo una evolución notable. Y luego, cuando pasado los 30 años entendió que en el futuro (por un tema físico) necesitaría acortar los puntos, innovó en sus golpes, lo que sin dudas tiene altos costos de transición para los tenistas y que tampoco aseguran que se llegará a un golpe como el que desean tener. Este es un buen ejemplo de cómo es necesaria la innovación no solo para conseguir el éxito (los emprendedores suelen tenerlo en su ADN) sino también para mantenerlo. Innovar de manera continua hoy es un requisito para que empresas consolidadas puedan hacer frente a posibles cambios de paradigma.